Martín Sivak: “Hay que convivir con la vergüenza y la incomodidad”

En una charla con estudiantes de Periodismo de la UNDAV, el autor de La llorería defendió la escritura obsesiva, la bronca como motor y los límites éticos del oficio frente a la intimidad.
                                                                                                  Por Oscar Daniel Curis

«Acá viene la parte entretenida», avisa Martín Sivak, y lee en voz alta un mensaje que le llegó hace dos semanas: una oferta del cementerio privado donde está enterrado su padre. Saldo total, 14 millones de pesos. Cancelación, $ 4.950.000. Válida hasta el 15 de septiembre. Se lo reenvió la misma abogada con la que alguna vez discutió qué hacer con ese conflicto. Él no contestó.

El cementerio ya había recibido su respuesta en 2016: una carta furiosa, sin anestesia, que cierra El salto de papá, el libro sobre la vida y el suicidio de su padre. Un día se levantó y la escribió. Ahora la oferta reaparece en plena charla, como si la historia se negara a terminar.

Sivak llegó a la UNDAV como invitado de la carrera de Periodismo con un micrófono que fallaba y una confesión: hace un año que habla de La llorería y está “un poco aburrido de escucharse”. En medio de su primera respuesta preguntó si el sonido estaba bien. Desde el fondo le dijeron que siguiera hablando. En todo momento, antes de cada respuesta hacía una pausa y elegía las palabras con cuidado.

Siguió con una idea que repitió varias veces: la voz. “Es importante encontrar la voz en la escritura”, sostuvo, sea para una tesina o para un WhatsApp. Sabe que no es fácil. “A todos quizás se nos va la vida sin encontrar nuestra propia voz”, admitió. Más que el estilo, dijo, importa encontrar los temas propios y defender esa agenda sin darle la espalda a las audiencias. Y advirtió contra una exigencia de época: “Uno no tiene que repudiar ni pronunciarse con énfasis sobre todos los temas”.

Ese criterio nació temprano. A los 19 creyó que dedicaría su vida a denunciar a un dictador boliviano que luego fue presidente electo. Escribió dos libros sobre él y, por esa obsesión, enfrentó la única situación que le dio miedo de verdad: un intento de vincularlo con un atentado. Duró dos días. De ahí su regla para sostener un libro: “La escritura es pura obsesión e insistencia. Si el tema no te obsesiona, no podés sostenerlo en el tiempo”.

La obsesión de La llorería es otra. El título viene de una frase de su padre, que casi nunca lloraba, y de un narrador que, en cambio, llora “un montón”. Sivak desarma la idea de que llorar sea un mérito: “Uno puede ser muy sensible no llorando nunca, y viceversa”. Cuenta que el humor fue una distancia deliberada. Con su hermano, durante el tratamiento oncológico de su madre, jugaban a esconderle la peluca. “El humor es una manera de no tomar tan en serio tu drama cuando lo estás contando”, dijo. La bronca, agregó, también sirvió: “Es un motor para la escritura”.

Ante la pregunta por qué aconsejaría a quien siente vergüenza de contar su vida, no prometió alivio. Propuso primero preguntarse por qué da vergüenza y después escribir igual. Su método es desprolijo a propósito: escribe temprano, casi sin pensar, con errores. “Siempre hay tiempo para tallar y para pulir”, explicó. “Lo peor que puede pasar es quedar inmovilizado.” Se define como “mucho más lector que escritor”: de la universidad se quedó con una disciplina de lectura y todas las mañanas recorre cuatro o cinco diarios.

Pero el Sivak que defiende el arrebato es el mismo que fija límites estrictos cuando hay otra persona enfrente. Habló del off the record con una firmeza casi moral. “Si se pauta, es off the record”, afirmó, y calificó su violación como algo “imperdonable” en el periodismo. Grabar con el grabador a la vista, no publicar audios de WhatsApp sin consentimiento: para él son reglas que sostienen la credibilidad. Contó que pasó ocho horas con Héctor Magnetto y que recién ahora, pasados más de diez años, se anima a mencionarlo, sin revelar nada de lo conversado. Incluso en su libro más íntimo se guardó cosas: “Hay algo de catarsis, hay algo de confesional, pero no se dice todo”.

Sobre el presente del oficio fue más cauto que nostálgico. Lamentó la precarización, que obliga a tener varios trabajos, y la urgencia de reaccionar a todo. Sobre la inteligencia artificial, evitó las condenas: “Hay que convivir con ella. El tema es el cómo”. Y a la pregunta por los medios que publican miles de notas automatizadas respondió sin señalar a nadie: “Hay muchas maneras de hacer periodismo”.

Sus ideas llegaban siempre con respaldo: cifras, fechas y montos que cualquiera podría comprobar, desde el valor de la oferta del cementerio hasta la cantidad de gente entrevistada para un libro. Al hablar de rigor, se apuró a aclarar. Para Clarín leyó la colección completa y entrevistó a unas 450 personas; ahí sí se jacta. De su libro sobre su padre dijo otra cosa: “Es una memoria familiar llena de caprichos y arbitrariedades. Nada de lo que digo es deliberadamente falso, pero no me propuse ser riguroso”. Y resumió para qué escribe: “Uno escribe para tratar de entender, sea algo tan cercano como un padre o algo tan lejano como la inteligencia artificial”.

La oferta del cementerio sigue sin respuesta. Los libros, ya lo había dicho, no cierran nada.

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