La destrucción del lenguaje

El lenguaje es la herramienta fundamental para la comunicación, el pensamiento y la transmisión del conocimiento. Sin embargo, en la actualidad se observa una tendencia preocupante que afecta tanto la calidad de la escritura como la comprensión lectora. Para poner en contexto, se pueden desarrollar algunos factores que han contribuido al deterioro del lenguaje, abarcando desde problemas en la educación y el aprendizaje hasta la influencia de corrientes ideológicas y políticas, pasando por la era digital y el empobrecimiento de la comunicación.

El Analfabetismo y el Analfabetismo Funcional

El analfabetismo se define como la incapacidad para leer y escribir, lo cual impide el acceso a la información y a la participación plena en la sociedad. Sin embargo, es fundamental distinguirlo del analfabetismo funcional. Este concepto se refiere a la situación en la que, a pesar de saber leer y escribir, una persona carece de la capacidad para comprender textos complejos o utilizar dichas habilidades de forma eficaz en situaciones cotidianas. En otras palabras, la persona funcionalmente analfabeta puede descifrar palabras y oraciones simples, pero no extrae el sentido completo de los mensajes ni aplica correctamente la información en su vida diaria. La UNESCO define el analfabetismo funcional como la incapacidad de participar plenamente en las actividades que requieren una alfabetización avanzada, lo que limita el desarrollo personal y comunitario.

Lo que se quiere decir, pero no se puede

En un entorno donde nadie tiene tiempo para nada, donde todo se quiere para ya y donde el apuro se volvió costumbre, leer bien y escribir con claridad parecen lujos de otra época. Entre mensajes que se contestan al paso, publicaciones que duran lo que un parpadeo, y frases que se completan solas con un teclado predictivo, el lenguaje se va desdibujando. Se transforma en algo automático, superficial, instantáneo. Como si pensar fuera demasiado lento. Como si decir lo justo fuera innecesario.


Y sin darnos cuenta, dejamos de leer como se debe. Dejamos de escribir como corresponde. Dejamos de comprender lo que tenemos delante, incluso cuando creemos que lo entendemos. Lo que antes era una habilidad básica —leer, escribir, interpretar— hoy es una barrera invisible que separa a quienes piensan con claridad de quienes apenas sobrevuelan los textos sin captar su fondo. Así nace el analfabetismo funcional: ese fenómeno silencioso que no se nota a simple vista, pero que atraviesa aulas, oficinas, redes sociales y conversaciones cotidianas.


No hace falta ir muy lejos para encontrarlo. No se trata solo de quienes abandonaron la escuela. Muchas veces aparece en personas que terminaron el secundario, que cursan carreras universitarias, que ocupan cargos o ejercen profesiones, pero que no logran construir ideas con sentido, ni entender lo que se les pide, ni comunicar lo que piensan. Y aunque el término suena técnico, el impacto es brutal: miles de personas quedan atrapadas en una forma de comunicación que no alcanza para desenvolverse en lo cotidiano. No se comprende una consigna, se escribe sin estructura, se interpreta todo desde la literalidad o desde la emoción inmediata.


Y ahí entra en juego algo clave: la tecnología no lo provoca, pero sí lo evidencia y lo multiplica. La inteligencia artificial, los correctores automáticos, los chats que escriben por uno… pueden ser herramientas útiles, pero solo si hay criterio para usarlas. Si no, se vuelven espejos de una carencia más profunda. Cuando se confía ciegamente en lo que dice una máquina, sin revisar ni cuestionar, el problema no es la herramienta: es la falta de entrenamiento en el pensamiento.


Por otro lado, la educación debería ser el lugar donde esto se corrige, pero muchas veces lo refuerza. A fuerza de promocionar a todos, de bajar la vara para que nadie se quede afuera, y de repetir contenidos sin espíritu crítico, lo que se logra es una generación que aprueba materias sin haber comprendido los textos, sin haber debatido ideas, sin haber desarrollado el músculo de la duda. En vez de abrir caminos, se cierran. En vez de aprender a pensar, se entrena para obedecer. Y lo más grave: ni siquiera se nota.


Todo esto configura un panorama preocupante. Porque si no se puede leer una ley, si no se entiende una noticia, si no se puede escribir un reclamo, se pierde algo más que el acceso a la educación: se pierde la posibilidad de participar de la vida pública, de ejercer derechos, de cuestionar lo que está mal. Y cuando eso pasa, el lenguaje deja de ser una herramienta de libertad y se convierte en una trampa. Se repite lo que otros dicen, se reproduce lo que se ve, pero no se piensa por cuenta propia. Y lo más duro: muchos creen que sí lo hacen.


Frente a este contexto, nació el podcast Contexto. No como una clase, ni como un sermón, sino como una invitación a detenerse, a pensar, a conectar ideas. A revisar cómo usamos el lenguaje, qué nos impide expresarnos con claridad, por qué cuesta tanto sostener una idea sin caer en lugares comunes o eslóganes vacíos. A mirar el fenómeno del analfabetismo funcional con otra perspectiva, con más profundidad, con menos ruido.


Porque entender lo que se dice, y poder decir lo que se piensa, no debería ser una excepción. Y quizás el primer paso para cambiar eso sea, simplemente, ponerle palabras al problema. Nombrarlo. Y, como decimos: ponerlo en contexto.

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