El pasado y sus historias

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire.” (Fundación mítica de Buenos Aires, 1929).

Buenos aires, de arquitectura ecléptica, tan heterogenea coo si etuviera pormada por capas geológica, capa sobre capa de todas sus épocas y en muchos casos conviviendo historias y arquitecturas conviviendo casi hombro con hombro desde sus dieferecias de épocas, de historias y de estatus sociales. Para muchos resulta dificil entender algunas contradicciones de un ciudad que tiene mucho de la arquicterua de Europa y tantas desigualdades Luces y sombras, lo que orgullosamente mostramos y lo que vergonzosamente ocultamos.

El pasado y sus historias. Algunas que enterramos y otras encerramos en hormigón.

Érase una vez, en una ciudad congelada en el tiempo, como un museo viviente, un eterno recordatorio de historias, vidas e identidades colectivas. Las calles estaban bordeadas de casas antiguas que susurraban historias de tiempos pasados. En esas casas vivían personas mayores, solitarias y abandonadas, invisibles para un estado que les daba jubilaciones y pensiones miserables, y para familias que habían dejado de visitarlas. Eran personas cuyas voces habían sido silenciadas, cuyos nombres rara vez se mencionaban, y con el tiempo, su existencia misma parecía desvanecerse.

Quizás no era una ciudad ideal, pues las desigualdades sociales existían, evidenciadas en la calidad de sus construcciones y la división en barrios. Había exclusiones, y al olvidar esas historias y esas injusticias, se volvían a cometer los mismos errores. Así, se convertían en víctimas de historias mal contadas, con intenciones de perpetuar y naturalizar las injusticias.

Poco a poco, estas personas mayores iban falleciendo o siendo internadas en espacios para gente mayor, conocidos como geriátricos, que a menudo funcionaban como depósitos de ancianos. Este hecho a veces aceleraba el peor desenlace, y las casas quedaban vacías, perdiendo su alma. En algunos casos, hasta eran desalojados por no poder pagar alquileres o los gastos de mantenimiento de su vivienda y terminaban viviendo en la calle. En estos casos, se convertían también en parte del paisaje o eran invisibilizados, otro grupo de invisibles, o molestias visuales, contaminación visual según algunas autoridades de la ciudad. Estas propiedades eran entonces alquiladas o vendidas para la construcción de altos edificios, destinados a las clases sociales con mayores ingresos. Estos nuevos edificios, casi como countries o barrios cerrados en forma de torres, no tenían personalidad ni historia.

En estos edificios modernos, los habitantes se ignoraban mutuamente, viviendo en un estado de despersonalización. Eran muchos, y el sentido de comunidad se perdía entre las paredes de concreto. Los vecinos de estos edificios vivían aislados del vecindario, con sus propios climas y autopercepciones de clase, y se entretenían con chismes que no trascendían más allá de su propia burbuja.

Los encargados de los edificios, que en teoría deberían ser parte de la clase trabajadora, empezaron a mimetizarse con los propietarios y los inquilinos. Gradualmente, perdieron su identidad como trabajadores y asumieron la clase social de sus empleadores. Estos encargados comenzaron a criticar a los pobres y hasta a despreciar a los que vivían en la calle, reflejando los prejuicios de aquellos con quienes se identificaban, sus empleadores.

Una tarde, en una de las pocas casas antiguas que quedaban, una mujer mayor se sentó en su sala de estar, rodeada de fotos en blanco y negro. Sus recuerdos eran vívidos, pero no tenía a nadie con quien compartirlos. Solía hablar con su esposo, fallecido hacía años, sobre las danzas que organizaban en la sala y cómo la casa se llenaba de música y alegría. Ahora, el silencio era abrumador.

En la planta baja de un edificio cercano, un empleado cansado descansaba brevemente en su pequeña habitación. Trabajaba largas horas en una fábrica local y apenas tenía tiempo para sí mismo. Soñaba con una vida mejor, pero cada día parecía igual al anterior, y su esfuerzo pasaba desapercibido.

Un día, un grupo de jóvenes interesados en la historia local comenzó a investigar las casas antiguas y las vidas de sus habitantes. Descubrieron que cada casa tenía una historia única que contar, y cada persona mayor tenía recuerdos valiosos que podían enseñarles sobre el pasado. Comenzaron a documentar estas historias, a grabar entrevistas y a organizar encuentros comunitarios donde las personas mayores podían compartir sus vivencias.

Los jóvenes se dieron cuenta de que una sociedad que ignora su historia pierde su cultura y está expuesta a repetir los mismos errores. A través de su trabajo, lograron visibilizar a las personas olvidadas y recuperar las historias que parecían destinadas al olvido.

Gracias a estos esfuerzos, las personas mayores comenzaron a sentirse valoradas nuevamente, y los empleados encontraron en la comunidad un apoyo inesperado. Aunque muchas casas antiguas desaparecieron, también dejó de haber olvidados: en sus casas, geriátricos o hasta en la calle. Sus historias fueron preservadas y celebradas. La comunidad entera entendió que nombrar y recordar era crucial para mantener viva su identidad y construir un futuro más consciente y solidario.

Y así, en esa ciudad que una vez estuvo al borde del olvido, las personas y sus historias comenzaron a resurgir, demostrando que lo que no se nombra, no tiene por qué desaparecer.

Daniel Canals

Mas y mas barreras contruidas por nosotros mismos
Sumamos formas rápidas de no llegar a ningún lado, sin ver nada de nosotros mismos, ni de la sociedad que conformamos, pero mas rápido
Encandilados por algunas luces foraneas nos olvidamos de nosotros
Vamos lentamente reemplazando lo mas nuestro por construcciones deshumanizadas
Escondida nuestra historia, a veces a plena vista

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