Nos tomamos un tiempo para pensar como vemos lo que vemos todos los días.
Silvia es una compañera de la carrera de Periodismo que curso en esta universidad, y solemos hacer este ejercicio cada vez que nos cruzamos entre materia y materia, compartimos charlas breves, esas que tienen lugar en un pasillo, en las que descubrimos la infinidad de mundos y percepciones que, de él, existen.

Esta compañera se caracteriza por ser atípicamente critica de todo lo que vive, y ve la vida de una forma muy particular, cree que todos somos iguales, eso es algo que repite casi como un mantra. Cuando habla de eso, le pregunto a qué se refiere, y ella inicia un relato que va de un tiempo a otro, viaja del pasado al presente y se va por las ramas de lo que aún no paso, pero se atreve a divagar y me divierto con sus ocurrencias. Por momentos me recuerda a mis abuelas, por sus ideales un tanto esquemáticos y cerrados y en otros me sorprende con ideas que no se dé donde, reconozco, reflejan una imaginación que recobra vuelos que se vuelven interesantes de escuchar.
Hace unos días, nos cruzamos y hablando del ritmo de la cursada de cada uno, comienza a compartirme una visión de las personas, que ve en la calle mientras cumple sus obligaciones, acude a su trabajo y el tiempo en el que se dedica a la carrera de periodismo que con entusiasmo y esfuerzo transitamos, como tantos otros, en otras universidades del Bicentenario ancladas en el conurbano sur. Saltando de un tema a otro, nos focalizamos en la diaria, en el ir y venir, cuenta que a menudo se siente cansada y le cuesta armar la mochila y salir a la parada de colectivo que tarda poco más de una hora en llegar a Avellaneda, cuando no es esa línea directa, combina dos líneas, así los avatares para llegar a cursar, siempre y cuando todo funcione en la medida de lo esperable. Así la charla se fue haciendo mas profunda y me compartió esta reflexión, que humildemente, me pareció interesante compartirla. Esta teñida de un tono melancólico, pero al mismo tiempo encierra un deseo de cambio, de progreso que no solo está presente en su historia personal, sino que refleja el esfuerzo colectivo y llama a despertar del letargo en el que la rutina nos absorbe y nos lleva a creer que todo lo que observamos es “normal”, y somos una pieza más del engranaje llamado sociedad.
Al tiempo que retómanos a la realidad, más real y palpable que nunca, en tiempos de ajuste presupuestario por parte del gobierno nacional que ve el accionar de lo público como algo defectuoso e improductivo que debe ser eliminado, nos damos cuenta que estamos dentro de una universidad pública que nos abraza en lo académico y en lo humano, acá nos sabemos personas con nombre, nos cruzamos entre docentes y alumnos, rectores y administrativos, personal no docente y auxiliares y algo nos decimos sin decirlo, y es que los derechos ganados por generaciones pasadas deben ser sostenidos como un estandarte inquebrantable en el que nos formamos como profesionales con una mirada social comprometida y critica del contexto social, político y económico en el que nuestra existencia se desvive por ser más que soldados de un batallón enorme que camina sin sentido día tras día. Bienvenidos a la universidad publica, abierta para todos y todas.