Frente a estudiantes y periodistas, Martín Salvatierra abrió la conferencia. Se preguntó en primera instancia por la fidelidad de las audiencias. Newsletters, podcasts y comunidades, explicó, no son apenas formatos: ayudan a conocer intereses, construir vínculos y conservar datos propios. En tiempos en que las plataformas administran el acceso al público, «conocer mejor a la audiencia» puede ser también una manera de sostenerla.
Pero el oficio, sostuvo, no empieza con una herramienta. Empieza con curiosidad. En un mundo lleno de respuestas automatizadas, las buenas preguntas adquieren otro peso. «Preguntamos el porqué de cada cosa», propuso, sin dar nada por sabido y buscan ángulos menos transitados. El principal activo de un periodista, resumió, es «que nunca se quede sin preguntas».
Preguntar, verificar, adaptarse
La desinformación apareció como una amenaza y una responsabilidad compartida. Publicar rápido, advirtió, puede volver al periodismo vehículo de aquello que debería combatir.
Frente a la urgencia, reinvindicó el chequeo, la verificación y los datos comprobados. No ofreció una receta mágica, sino una tarea cotidiana: informar con rigor.
También habló de un trabajo que ya no termina cuando se publica una nota. Una investigación debe encontrar su forma en distintas plataformas, con síntesis, recursos audiovisuales y un comienzo capaz de despertar curiosidad.
No hay fórmula fija: lo que hoy funciona, dijo, quizás mañana ya no.
Y, entre tanto, queda la fatiga de adaptar cada mensaje a las reglas cambiantes del «Dios algoritmo».
Entre algoritmos, inteligencia artificial y precariedad laboral, el expositor defendió la curiosidad, la verificación y la construcción de una voz propia como herramientas para el periodismo que viene.
Sobre la inteligencia artificial, Salvatierra señaló luces y sombras.
Puede procesar grandes volúmenes de información, ayudar a encontrar historias y acelerar transcripciones tediosas.
También puede estrechar la puerta de entrada al oficio, al automatizar tareas que antes realizaban quienes recién comenzaban.
La clave, insistió, es que sea «un trampolín», no «una muleta», y que la autoría humana permanezca clara.
La ética frente al clic
La conversación giró entonces hacia la economía y la ética.
Cuando los clics deciden qué temas se cubren, la noticia corre el riesgo de convertirse en mercancía.
El desafío, dijo, es combinar contenidos honestos y populares con otros de valor social, aunque no prometan grandes visitas. Defendió separar con claridad lo editorial de lo publicitario.
Un periodismo multiplataforma
«Hoy considero que el periodismo tradicional dejó de existir», afirmó: no porque hayan desaparecido el papel, la radio o la televisión, sino porque todos conviven con la lógica multiplataforma.
A quienes empiezan, les recomendó construir una identidad digital, elegir temas propios y explorar trabajos más allá de las redacciones conocidas.
Producción audiovisual, contenidos para aplicaciones y otros encargos también forman parte del horizonte laboral.
«Sin diferencia no hay audiencia», recordó.
Al final, el periodismo de datos volvió a poner los pies sobre la evidencia. No alcanza con reproducir lo que afirma una autoridad: hay que preguntar que muestren los registros y las cifras.
«Se puede mentir con datos», concedió, «pero es mucho más fácil mentir sin datos».