Buenos Aires, Argentina – La Cordillera de los Andes no solo divide a Chile y Argentina. También separa vidas. En el caso de Ignacio, son 10 años mirándola desde el otro lado y preguntándose cuándo será el momento de volver a cruzarla de regreso.
Su historia no comenzó con un gran plan ni con un sueño de fama. «La primera opción me la dio mi hermana», confiesa. Ella vivía en un pueblito de la provincia de Santa Fe, y siempre estuvo la idea de Argentina. Hasta que ella se mudó a Buenos Aires y la familia tomó una decisión práctica: «Mis papás tenían que pagar dos universidades. Se tomó la decisión de venirme a estudiar acá».
Eso fue hace casi una década. Un Ignacio de 20 y tantos años cruzó la frontera con una mochila, un propósito y el peso de las expectativas.
¿En qué momento apareció por primera vez la idea de irte de Chile?
— Bueno, la primera opción me la dio porque yo tenía una hermana aquí en Argentina, en un pueblito de la provincia de Santa Fe. Entonces siempre estaba la idea de Argentina, hasta que mi hermana se mudó a Buenos Aires, y coincidimos. Mis papás tenían que pagar dos universidades, se tomó la decisión de venirme a estudiar acá, a Buenos Aires específicamente, porque estaba mi hermana. Esa fue como la primera vez que surgió la idea y que se concretó.
— Si hubieras tenido que quedarte allá, ¿cómo imaginabas tu vida hoy?
— No sé. Creo que Argentina me enseñó muchas cosas: la independencia, a moverme, a vivir solo. Yo estaba bajo una zona de confort muy fuerte, por lo cual no sé cómo sería mi vida. Pero creo que sería muy distinta. Argentina me enseñó mucho a enfrentarme a la vida y a las cosas solo, y ese golpe era necesario. Pasé muchas barreras acá en Buenos Aires estando solo. Mi vida sería muy distinta.
— Hay una idea bastante instalada en Argentina de que estudiar en Chile es difícil o costoso. ¿Qué hay de cierto y qué no?
— Efectivamente, en Chile la universidad es paga, tanto privadas como públicas. Recuerdo que se implantó el sistema que se llama «la gratuidad», que se le da gratuidad a un porcentaje de la población. La universidad, en líneas generales, si no tenés una beca, puede llegar a costar hasta $400.000 una matrícula o una mensualidad. Tiene un precio elevado y además una selección muy fina: hay un examen de dos días para poder postular y entrar a ciertas universidades. Es una educación muy selectiva y a la vez costosa. Hay gente que puede pagar, y eso también se traslada a los secundarios.
— Hay una idea bastante instalada en Argentina de que estudiar en Chile es difícil o costoso. ¿Qué hay de cierto y qué no?
— Efectivamente, en Chile la universidad es paga, tanto privadas como públicas. Recuerdo que se implantó el sistema que se llama «la gratuidad», que se le da gratuidad a un porcentaje de la población. La universidad, en líneas generales, si no tenés una beca, puede llegar a costar hasta $400.000 una matrícula o una mensualidad. Tiene un precio elevado y además una selección muy fina: hay un examen de dos días para poder postular y entrar a ciertas universidades. Es una educación muy selectiva y a la vez costosa. Hay gente que puede pagar, y eso también se traslada a los secundarios.
— ¿Qué descubriste de Argentina que no esperabas?
— Lo que yo vi acá en Argentina y no me lo esperaba fue que había una creencia de que los argentinos eran muy egocéntricos, egoístas, soberbios y cosas así. Y me encontré con gente muy abierta, un país muy multicultural, un país con mucha cultura. Extraño ciertas cosas de mi país, que tiene algunas virtudes, pero lo multicultural que tiene Argentina, lo apasionada que es la Argentina con la música, con la política… no lo tenía tan marcado. Esas cosas las fui descubriendo estando acá. Son cosas positivas que llamaron mi atención y me gustaron.
— ¿Qué cosas de Chile empezaste a valorar recién cuando te fuiste?
— Empecé a valorar cosas culturales, empecé a valorar las cosas cotidianas también. Empecé a valorar la belleza natural de Chile, empecé a valorar y a extrañar la cordillera. Empecé a extrañar mucho los días a día con mi gente, con mi familia, las fiestas nacionales, los eventos. Yo pensé que llevo muchos años acá, nunca dejé mi cultura chilena, nunca la he soltado. Sentarme en el parque y mirar la cordillera, pero sobre todo las fiestas nacionales, los eventos, las cosas que se hacían en año nuevo… eso tiene mucho de mí. El carnaval de acá, allá es una fiesta.
— Cuando volvés o hablás con amigos de allá, ¿sentís diferencias en las oportunidades, en la forma de vivir, en las expectativas?
— Mis amigos y mi entorno son toda gente de mi generación, 30 y algo. Y me pasa algo raro: yo por diferentes circunstancias de la vida no tengo ciertas cosas resueltas y mis amigos sí. Ellos tuvieron otras experiencias y oportunidades que yo tal vez tuve en un momento y no las aproveché. Tengo un solo amigo que vive en otro país, vive en Nueva Zelanda, se fue hace dos años. Después todo el resto vive en Chile, es decir que todos pagaron sus universidades dependiendo del nivel económico de cada uno. Veo muchas diferencias para vivir, pero no sé si esto tiene que ver con el país de cada uno. Por supuesto, sigo viendo la diferencia de que se tiene que abonar los estudios: si no terminaste la carrera, aún así la tenés que pagar igual. Yo veo a mi hermana que le pasa eso: no terminó la carrera y la tiene que pagar igual.
— ¿Alguna vez sentiste culpa por haberte ido o presión por «aprovechar» esta oportunidad?
— Mira, culpa yo creo que nunca he sentido por venirme a estudiar a Argentina, porque a mí Buenos Aires me dio muchas oportunidades. Pero sí he sentido mucha presión, porque siempre tuve la idea de volverme a Chile, por las relaciones familiares y personales. Mi hermana… yo cuando llegué a Buenos Aires, en el 2015, llegué con mi hermana y la pareja de mi hermana y otra hermana que allá vivía acá. Esas personas se volvieron a Chile en 2018. Pero en pandemia me fui a Chile y una vez que me fui, de nuevo me quise volver a Chile. Y siempre estuvo la idea de volverme a Chile a partir de ese momento. Y siempre sentí la presión de que vine por algo y me vuelvo sin ese algo. O sea, me vine a estudiar, tengo que volver con el título. Hasta el día de hoy esa idea está dando vueltas.
— ¿Qué prejuicio tienen los argentinos sobre Chile que te gustaría corregir?
— Los argentinos tienen como prejuicio con los chilenos por lo que pasó con las Islas Malvinas. Dicen que los chilenos somos unos traidores, que somos responsables de muchas cosas que pasaron en Malvinas. Se me complica hablar de esto porque justamente soy chileno y siento que la gente que me escucha me va a juzgar. Cuando Chile apoya las Islas Malvinas, Chile estaba en medio de una dictadura, la dictadura más larga y terrible que hubo en el continente. Siento que Chile no es responsable de las decisiones de un presidente, pero en este caso es peor porque la decisión la tomó un dictador, alguien que incentivó en todo momento la violencia durante todos esos años, y provocaron una herida muy grande en el continente. Ese prejuicio es muy triste: que los argentinos te digan traidor por ser chileno. El traidor es la persona que no nos representó como chilenos.
— Si dentro de diez años volvés a mirar esta decisión, ¿qué te gustaría decirte?
— Yo siempre miro al Nacho de hace 10 años, incluso lo más curioso es que ese Ignacio estaba en Chile, o mejor dicho, estaba llegando a Argentina, porque hace 10 años que estoy acá. Tengo prejuicios conmigo, pero sí miro al Nacho de hace 10 años y veo una madurez. Salir del país, integrarme como migrante en otro lado, eso solo ya me llena como persona. Me llena porque justamente eso solo enfrenta mucho y eso me volvió grande. Ese Nacho era muy temeroso. Sin embargo, si tuve algún defecto, lo tuve que mejorar en las malas y a la fuerza. Hubo un crecimiento muy grande de mi parte. Alguien que salió de las fronteras y emprendió este viaje… al Nacho que soy hoy, y al Nacho que todavía le falta volver.
La decisión de Ignacio Valdivia no fue heroica ni calculada. Fue práctica. Un padre que no podía pagar dos universidades, una hermana que ya estaba en Argentina, un examen de dos días en Chile que definía el futuro. Pero como suele pasar, lo práctico terminó siendo transformador. Buenos Aires lo golpeó y lo abrazó a la vez. Lo obligó a crecer a la fuerza, a soltar la zona de confort, a construir una identidad migrante que no termina de encajar del todo ni allá ni acá. Diez años después, Nacho sigue sin saber si el título justifica la distancia, si las oportunidades que encontró valieron el desarraigo, o si la cordillera que extraña desde un parque porteño es un límite o un puente. Quizás, lo más valioso que aprendió en este viaje, es que no hace falta tener todas las respuestas. A veces, basta con seguir caminando.