Viernes 5 de Junio de 2026. Son las 09:32 de la mañana, cuando recibí un mensaje de whatsapp que decía: «Viste que murió el indio??«. Hace tan solo dos minutos acababa de iniciar una reunión de trabajo y siento un nudo tremendo en la panza, mi voz poco a poco se va quedando seca, mientras intento lidiar entre las formalidades de lo que debo decir, poder explicar las filiminas que armé para la ocasión y el deseo irrefenable de largarme a llorar como si hubiera muerto un familiar. Intento terminar lo más rápido posible para poder correr a prender la televisión y confirmar aquello que esperaba nunca sucediera.
En mi adolescencia fantasiaba con la idea de que «el día que se muera el «indio» Solari, va a estallar el país». Un delirio entre Fuegos de oktubre y no poder explicar aquel sentimiento de fanatismo que despertaban Los Redondos en su públíco, al arrastrar a miles de personas a viajar desde todos los puntos del país para darse cita en sus recitales y purgar sus dolores sumergidos entre drogas, alcohol y el vórtice liminal del pogo más grande del mundo.
Mientras miro el noticiero mis lágrimas ruedan por mis mejillas suavemente. No es un llanto desconsolado, es un fluir de emociones de la infancia, el recordar el primer cassette que llegó a mis manos en donde me habían grabado un compliado de temas, una remera vieja que aún guardo como si fuera un estandarte de guerra, la música de fondo de mis angustias más profundas, la emoción de compartir en 2005 un recital en La Plata de Los Fundamentalistas junto a mi mamá que ya no está en esta tierra. Las locuras que hicimos juntos poco tiempo despues al viajar a Cordoba, pero que dejaría ser ético publicar.
Para las 18 horas de ese mismo día, se comenzó a convocar «la última misa ricotera», en Plaza de Mayo y en los distintas plazas de las grandes ciudades. Un movimiento de placas tectónicas en donde el único sacudón lo recibió el gobierno nacional al negarse a abrir las puertas del Congreso de la Nación para llevar adelante el funeral. Las condiciones de seguridad no están dadas – Dijo Martín Memen. No es dificil imaginar que el mismo Solari no hubiera querido semejante solemnidad.
Al caer lentamente la noche sobre la plaza, el frío calaba hondo entre los huesos desangelados. Pequeños grupitos de amigos y amigas que se entremezclaban entre propios y extraños para ir colmando todo el espacio, la avenida principal y sus diagonales. Hombres grandes, cincuentones y sesentones, de apareciencia esquiva y ruda, llorando y abrazándose con cualquier que pudiera alojar semejante dolor. Mujeres prendiendo velas por el piso, buscavidas vendiendo flores, artístas y bándalos sociales graffitiando paredes y el asfalto con frases y dibujos de un nueva leyenda por nacer.
Las cámaras de televisión filman relatos individuales para un dolor que es colectivo. Distintas generaciones atravezadas por una misma poesía y sus acordes. Precisamente, los argumentos se repiten como si todos y todas hubieran vivido en una misma época, dormido en el mismo cuarto o peleado por ver quien pone el próximo CD en el equipo de música. En donde las cámaras quieren retratar la marginación social y estigmatizar al público ricotero, cada fueguito en este mar de fueguitos, encienden la chispa de alguna reflexión tan filosófica que bien podría haber sido escrita por Nietszche o Sartre, el existencialismo se hace carne.
A las 21:00, ya picaba el bajon, pero los puestos de comida recien estaban comenzando a prender el fuego. Raudos soldados que no tienen patria, religión, ni partido político, autenticos mercaderes, herejes e inconmovibles de toda pena, con tal de ganar un mango más para estirar otra semana más su vida. Más sombría aún, se vuelve la odisea de buscar precio para una bebida espirituosa con tasas de inflación que se disparar a los pocos metros y rompen toda lógica de mercado.
Nada parece muy organizado de antemano aunque el equilibrio de fuerzas así lo determina. Al menos en dos ocasiones, durante el día, la policia de la Ciudad de Buenos Aires, arrojó gas lacrimógeno contra la gente e inició escaramuzas para realizar arrestos arbitrarios. La simple precencia de la multitud parece crispar los nervios del político de turno. El público ricotero ya está acostumbrado a esta faena y no cae en las provocaciones, defiende su derecho a estar en el espacio público y da la espalda para seguir bailando en su velorio. La danza de los pogos son como microorganismos que se separan y se vuelven a unir, de pequeños a grandes, de circulos gigantes mientras suena algún himno clásico a grupos pequeños alrededor de un guitarrista acustica y un coro de miles de almas.
El frío no parece importar. Es hora de la partida. Quienes despiden al indio bailaran hasta que sus cuerpos caigan rendidos de cansancio, les pida dejar de beber y los empuje adormir anestesiados por semejante herida en el corazón. Solo resta saber, la hora y el lugar del funeral. La obra del indio Solari ha marcado a fuego a la historia del rock nacional, desde la producción independiente, hasta sus letras de resistencias e ideales, mal de amores y cuentos de las noches de bohemia.